Volver

La sociología tal como se escribe
De Bourdieu a Latour

Jean-Louis Fabiani

Comprar

Prólogo

Retrato del sociólogo como lector

Las coerciones que rigen hoy en la carrera de ciencias sociales tienden a privilegiar el imperativo de la originalidad y de la creatividad de las producciones individuales. Los universitarios no escapan a la exhortación generalizada: “¡Sed creativos!”, que se nos impone sin discusión en todos los sectores de la vida social. Quien espera ganar aunque más no sea una porción limitada de lo que Randall Collins llama el “espacio de atención”,11. . Randall Colli (…) conviene que se destaque como portador de una manera de hacer sociología que contraste inmediatamente con la de sus colegas. Esta disposición contribuye a explicar la multiplicación de los idiolectos, el placer de denominar y volver a denominar, que se convierte así en parte del núcleo de nuestro oficio: los objetos cabelludos y los objetos calvos, de los que hablaba Bruno Latour en Políticas de la naturaleza,22. . Bruno Latour. (…) importados a mi oficina del Centro de la Vieille Charité, en Marsella, por estudiantes entusiastas, fueron mi felicidad durante todo un invierno. Ese imperativo también implica la floración casi estacional de los paradigmas. Para el joven ambicioso que desea dejar una huella en la memoria sociológica, la estacionalidad paradigmática aparece como una ganga. Deja vía libre a la proliferación de los padres fundadores y de los hijos refundadores: en ciencias sociales, todos los recién llegados asumen una actitud de apostadores y esperan ganar la grande. Aunque los sociólogos enarbolan como palabra de orden y tarea el desencantamiento del mundo, es raro que sus ilusiones de jugadores se disipen. Esto explica las repetidas apariciones de lo que Randall Collins llamó acertadamente las “tradiciones abortadas” en las ciencias sociales contemporáneas: el éxito de un “linaje”, para retomar la noción desarrollada por Andrew Abbott,33. . Andrew Abbott (…) supone condiciones ecológicas particulares de las cuales el jugador ordinario casi no tiene idea.

Cuando se ha leído a Howard S. Becker, uno se convence, tal vez con pesar, de que la “sociología prácticamente no ha realizado ningún descubrimiento”.44. . Howard S. Bec (…) Y si damos crédito a Andrew Abbott, no ponemos en duda el hecho de que las ciencias sociales nunca dejaron de reinventar su camino.55. . Andrew Abbott (…) Hay ahí motivos para desalentar nuestros sueños de apostador, como decía Jean-Toussaint Desanti para evocar su pasión filosófica.66. . Jean-Toussain (…) En este caso, una carrera de discípulo en una tradición o un linaje sólidamente establecido se puede revelar como más ventajosa. El reverso de un joven genio, capaz de crear las condiciones de una revolución científica, entendida según Thomas Kuhn, desde los primeros momentos de su doctorado, no es otro que la figura del epígono que vive, más o menos aburguesado, de la renta simbólica suministrada por un héroe de la disciplina.

Una destacada profesora de ciencia política decía, en una oportunidad, que se sentía particularmente cómoda con la teoría de Pierre Bourdieu y que no veía ninguna razón para cambiarla. Hablaba de la teoría como de un par de zapatos cómodos con los cuales uno está particularmente ligado. Habría que haber tenido el coraje de decirle que la teoría y el confort son antinómicos: la teoría de Pierre Bourdieu vale, en primer lugar, por los motivos que ofrece para la discusión crítica y el reacondicionamiento permanente de las estrategias de configuración del objeto que suministra. Los que quisieran hacernos acceder a la paz perpetua suministrada por una teoría de los campos presentada llave en mano son, sin duda, menos fieles a la memoria de Pierre Bourdieu que los que no han olvidado que si hay campo, se trata, en principio, de campo de lucha. Entramos en el estadio “por el amor al cuero”, como se dice en rugby, deporte importante para el autor de El sentido práctico.77. . Pierr (…) Él mismo exigía lectores a la altura de sus escritos, lectores-auctores capaces de reconstruir el recorrido original que había sido el suyo y de aplicarse a trabajarlo sin descanso: imposible saber si Bourdieu reconocería en la muchedumbre inmensa y global de los incondicionales que lo siguen a muchos que acordarían con esa definición de lector. Lo único de lo que estoy persuadido es que yo, desde temprano, me presenté como candidato a ese título, leyendo y escribiendo, como decía Julien Gracq.

Leyendo, justamente. Cuando Émile Durkheim fundó L'Année sociologique, no pensaba en una colección de investigaciones –aun cuando a veces se puede encontrar en esa publicación monografías fundadas en trabajos empíricos–, sino, ante todo, en un conjunto de informes destinados a configurar un espacio de conocimiento inédito. L'Année sociologique es así, en esencia, una red postal de lectores, a quienes Durkheim asignaba la redacción de informes en función de sus competencias. Hacer la recensión de un libro no era perder el tiempo con un género menor que se reservaría a los aprendices para que aprendieran el oficio, aun cuando el autor de El suicidio88. . Émile Durkhei (…) le concediera a esta práctica un papel importante en la formación y la socialización del sociólogo. Hacer un informe sobre una obra significaba instalarse de entrada en el centro del saber de las ciencias sociales. La antropología de gabinete que practicaban los sociólogos durkheimianos los había convertido en lectores a tiempo completo que, de la masa de sus lecturas, escogían los elementos que les permitían construir su propia empresa analítica. La devaluación del lector es posterior y se apoya generalmente en una forma de mística del trabajo de campo, que hace del encuentro empático con el objeto el principio mismo del conocimiento de las ciencias sociales. Si yo personalmente experimenté con tanta fuerza la necesidad de acompañar mi investigación con informes de lecturas, es en parte porque mi primer mentor, Jean-Claude Chamboredon, había sido un maestro en el género. Trabajando a gusto tanto en la nota, que sonriendo llamaba “textícula”, cuanto en el review essay de ochenta páginas, él había terminado por hacer estallar la noción y había transformado ese género menor en un lugar de innovación intelectual. En cuanto a mí, emprendía ese camino sin realmente reflexionar sobre la tarea: el ejemplo del maestro, la referencia al momento durkheimiano y un antiguo hábito de lector bastaban para considerar que la recensión podía producir efectos de conocimiento y de inteligibilidad, no al mismo título que la investigación, sino como una tentativa de elucidación de los principios activos en las construcciones conceptuales que, con frecuencia, los sociólogos toman como algo obvio. La reflexividad de las ciencias sociales, tantas veces enarbolada como un emblema profesional, encontraba ahí una de las mejores ocasiones de realización. La existencia prestigiosa de la revista Critique, en la cual los sociólogos publicaban poco a fines de los años setenta, pero donde Jean Piel me había acogido con su voz cavernosa, alentaba a hacer de la lectura el soporte del análisis que me permitía ensayarme en la sociología histórica, al nutrirme con trabajos de otros y, no lo ocultemos, distinguiéndome de los colaboradores ordinarios de las Actes de la recherche en sciences sociales: así, mi primer artículo en la revista Critique estaba consagrado a la cuestión del arte y de las representaciones gráficas en la Inglaterra de la Revolución Industrial.99. . Jean- (…) Mi ensayo crítico fue recibido por el Times Literary Supplement como “carefully researched”. A mediados de los años ochenta, me apoyé en el maravilloso The survival of a counterculture, de Bennett Berger,1010. . Benne (…) para desarrollar un punto de vista deflacionista sobre las virtudes del trabajo de campo, tan regularmente alabadas por los manuales escolares, aun cuando con frecuencia incluyen la ilusión de cientificidad. La actividad de lector, entonces, se había convertido en soporte y trampolín. En efecto, “La survie du sociologue”,1111. . Jean-Louis (…) producto de la lectura activa del libro de Berger, fue considerado como un verdadero artículo y fue citado con frecuencia, no como una reseña, sino como una contribución al debate sobre la epistemología de las ciencias sociales. Tuve, además, el gusto de participar desde 1986 en la aventura exaltante pero breve de la revista Préfaces, bajo la inspirada dirección de Hélène Monsacré: se trataba –verdadera rareza en Francia– de una revista basada en recensiones, lo cual me permitió armar una biblioteca y completar mi formación. Mi formación de filósofo emigrado a las ciencias sociales a comienzos de los años setenta estaba todavía ampliamente marcada por la autodidaxia: la curiosidad del lector, particularmente por las publicaciones extranjeras, era un instrumento decisivo de esa autoformación. Si la opción de mi destino a los Estados Unidos fue San Diego –ciudad conocida entonces como base naval y que disponía pocas cartas de triunfo para un egresado ambicioso de la Escuela Normal, en comparación con Harvard, Princeton o Chicago– fue porque la faculty list del Departamento de Sociología de la Universidad de California, en San Diego, reunía lo esencial de mis lecturas sociológicas: Bennett Berger, Aaron Cicourel, Randall Collins, César Graña, Joseph Gusfield. La Universidad de California, en Los Ángeles, donde enseñaba Harold Garfinkel, estaba cerca para ir en automóvil, y los aviones de la Pacific Southwest tardaban menos de una hora para un encuentro con Anselm Strauss en San Francisco, donde descubrí fascinado –tan alejada estaba de los conceptos parisinos– la grounded theory. El entorno de nuestras lecturas cuenta tanto como su contenido. Como piedras vivas que nuestros recuerdos no dejan de recomponer, los libros sobre los que he escrito dibujan mejor que cualquier autobiografía la lógica de un recorrido intelectual muy banal, pero que permite comprender más cabalmente la dinámica epistemológica colectiva de las ciencias sociales desde los años setenta. El trabajador sociológico pasó del entusiasmo por Lévi-Strauss y Bourdieu a una era de la sospecha, que lo llevó a resucitar el nivel micrológico, el acontecimiento y la incertidumbre en su arsenal conceptual, y a rehabilitar la agency a costa de la estructura. En un tercer tiempo, se hizo sentir la necesidad de la unificación contra la fragmentación y la posibilidad de una sociología general susceptible de trascender la segmentación indefinida de las diversidades culturales: la propuesta ambiciosa de Cyril Lemieux, examinada al final de este volumen, es uno de los ejemplos más estimulantes de esto. La fascinación por el estructuralismo, particularmente en la forma elaborada que proponía Pierre Bourdieu, constituyó el núcleo del aprendizaje de los sociólogos que ingresaron a la carrera en los años setenta. La conversión al estructuralismo permitía tener la impresión de romper con la retórica de las disciplinas literarias y de participar, sin duda modestamente, en la construcción de una ciencia presentada como una gran empresa colectiva, en el estilo durkheimiano.

Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, cuyos trabajos asociaban la exigencia teórica que una formación filosófica suscita naturalmente con el gusto por la investigación que pasaba por exótica a comienzos de los años setenta, orientaron por mucho tiempo el trabajo de mi generación.

La vuelta crítica a sus grandes libros de madurez, Meditaciones pascalianas y El razonamiento sociológico,1212. . Pierre Bourdi (…) respectivamente, inicia esta colección. El programa de investigación que habían abierto sus primeras indagaciones se encontraba, aquí, claramente modificado, aunque en direcciones diferentes. Los dos primeros textos del volumen intentan someter a prueba dos concepciones de la sociología, a la vez cercanas e inconmensurables. Bourdieu y Passeron intentaron asociar la potencia conceptual habilitada por el anclaje filosófico de sus teorías con un espacio de investigación inédito, reconfigurado a partir de protocolos innovadores. Entonces, se puede comparar su ambición con la obra inclasificable de Michel Foucault, filósofo que ha obligado a los investigadores en ciencias sociales a revaluar su propio trabajo, según el rasero de la arqueología del saber. Lo que les queda como propio puede ser definido como el espacio de la investigación, siempre incierto pero indispensable para la justificación de su presencia en el orden del saber. La cuestión del “trabajo de campo” permite dibujar una cartografía transatlántica de las formas de anclaje empírico de la sociología: la reflexión crítica sobre la obra de Daniel Cefaï, L'enquête de terrain,1313. . Daniel Cefaï (…) permite establecer un puente entre la sociología francesa y la parte de la sociología anglófona que se apoya en el pragmatismo y la fenomenología para articular prácticas de observación y de recolección. Los tres ensayos que siguen están consagrados a desarrollos originales de la sociología estadounidense y ofrecen, en registros diferentes, un espacio alternativo a la sociología crítica francesa; retomando la herencia de la Escuela de Chicago, Andrew Abbott propone una sociología procesual que reintegra el acontecimiento y el enfoque secuencial que el estructuralismo había excluido. Ivan Ermakoff, en su condición de historiador-sociólogo, reconsidera la teoría de la elección racional y ofrece una versión de ella contextualizada y casi irreconocible. Randall Collins mantiene, contra viento y marea, el programa de una sociología nomológica, que impresiona por su potencia. Los cuatro capítulos que siguen permiten ir más lejos en la evaluación de la sociología estructuralista crítica, que ha sido nuestra práctica dominante en el curso de este último cuarto de siglo. Gérard Lenclud se interroga sobre los límites de la hechura tradicional de las ciencias del hombre. Luc Boltanski restaura los derechos de la crítica reconstruyéndolos a partir de su sociología de la justificación. Cyril Lemieux, al proponer audazmente el proyecto inédito de una gramática universal, estimula la sociología al ofrecerle un marco original libremente inspirado en la filosofía de Ludwig Wittgenstein. Alejándose de la sociología clásica, para imponer una antropología que no establece separación entre la sociedad y la naturaleza, Bruno Latour parece zapar los fundamentos mismos de la ciencia social, mientras, al mismo tiempo, acondiciona la posibilidad de una alternativa, todavía indecisa. Entonces, resulta posible intentar un balance provisorio de los movimientos de retorno a lo local, que han caracterizado el último cuarto del siglo XX, y repensar las condiciones de una propuesta sociológica de intención generalista. Campo, acontecimiento, red, contexto, gramática: todos los ensayos críticos de ese trayecto sinuoso testimonian los entrelazos permanentes de la estructura y el acontecimiento, y también los de los condicionamientos durables y de las coaliciones efímeras. La sociología, en la perspectiva de Max Weber, es indisociable de la historia. Toda constatación sociológica se apoya en la observación del curso del mundo y queda ligado a él. ¿Qué pasa, entonces, con las promesas de una teoría general? La lectura cruzada de las obras tomadas en cuenta no permite la conclusión unívoca sobre ese punto, sino que abre un espacio de discusión que caracteriza buena parte de la sociología contemporánea.

¿Por qué presentar conjuntamente textos aparentemente heterogéneos y cuya fecha de redacción original se extiende a lo largo de veinte años? El objetivo de esta compilación es mostrar un aspecto del oficio del sociólogo que raramente se valora y que ciertamente va más lejos que el simple ejercicio en una sala de armas o la disputatio medieval.

Lo que quedará de El oficio de sociólogo1414. . Pierre Bourdi (…) no es tanto la propuesta epistemológica dogmática destinada a oponerse al althusserismo dominante, que se deja sentir con intensidad en la primera parte del libro, sino la recopilación de textos ilustrativos que completa la obra y que la convierte en una caja de herramientas indispensable para la investigación empírica. El sociólogo nunca debe dejar de afilar sus competencias de lector. Leyendo, escribiendo.

1.

. Randall Collins. The sociology of philosophies. A global theory of intellectual change. Cambridge, The Belknap Press of Harvard University, 1998, pp. 38-39.

2.

. Bruno Latour. Politiques de la nature. Comment faire entrer les sciences en démocratie. Paris, La Découverte, 2004, pp. 358-359 [Ed. esp.: Políticas de la naturaleza. Por una democracia de las ciencias. Trad. Enric Puig Punyet. Madrid, RBA Libros, 2013].

3.

. Andrew Abbott. Department and discipline: Chicago sociology at one hundred. Chicago, University of Chicago Press, 1999, p. 2.

4.

. Howard S. Becker. Les mondes de l'art. Paris, Flammarion, 1988 [1982], p. 22.

5.

. Andrew Abbott. Chaos of disciplines. Chicago, University of Chicago Press, 2001, p. 17.

6.

. Jean-Toussaint Desanti. La philosophie, un rêve de flambeur. Variations philosophiques 2. Conversations avec Dominique-Antoine Grisoni. Paris, Grasset, 1992.

7.

. Pierre Bourdieu. Le sens pratique. Paris, Minuit, 1980 [Ed. esp.: El sentido práctico. Trad. Ariel Dilon. Buenos Aires, Siglo XXI, 1980].

8.

. Émile Durkheim. Le suicide. Étude de sociologie. Paris, Puf, 2007 [1897] [Ed. esp: El suicidio. Estudio de sociología. Trad. Lorenzo Díaz Sánchez. Madrid, Akal, 1982].

9.

. Jean-Louis Fabiani. “Héros et parias. Les représentations du travail et des travailleurs industriels dans l'Angleterre victorienne”, Critique, n.os 405-406, 1981, pp. 118-137.

10.

. Bennett Berger. The survival of a counterculture: Ideological work and everyday life among rural communards. Berkeley, University of California Press, 1981.

11.

. Jean-Louis Fabiani. “La survie du sociologue”, Critique, n.os 445-446, 1984, pp. 449-459.

12.

. Pierre Bourdieu. Méditations pascaliennes. Paris, Seuil, 1997 [Ed. esp.: Meditaciones pascalianas. Trad. Thomas Kauf. Madrid, Anagrama, 2006]; Jean-Claude Passeron. Le raisonnement sociologique. L'espace non poppérien du raisonnement naturel. Paris, Nathan, 1991 [Ed. esp.: El razonamiento sociológico. El espacio comparativo de las pruebas históricas. Trad. José Luis Moreno Pestaña. Madrid, Siglo XXI, 2006].

13.

. Daniel Cefaï (ed.). L'enquête de terrain. Paris, La Découverte-Mauss, 2003.

14.

. Pierre Bourdieu, Jean-Claude Chamboredon y Jean-Claude Passeron. Le métier de sociologue. Préalables épistémologiques. Paris-La Haye, Mouton, 1973 [1968] [Ed. esp.: El oficio de sociólogo. Presupuestos epistemológicos. Trad. Hugo Azcurra. Buenos Aires, Siglo XXI, 2002].